El Carbunco

Es el celoso guardián de los metales y tesoros que oculta el subsuelo.

En las oscuras y tranquilas noches cercanas al solsticio de invierno, suele el Carbunco hacer súbitas apariciones bajo la forma de un diminuto y muy hermoso perrillo blanco, rodeado de una aureola roja verdosa. Para algunos, es sólo una luminosidad; para otros, tiene el aspecto de un molusco bivalvo, que despide luz, producida por “cauquiles” o luciérnagas. Emerge súbitamente desde el suelo, simulando una llamarada, se detiene por breves instantes y en cuanto se le mira, desaparede cual si fuera tragado por la tierra, o corre con velocidad inusitada, para esconderse en un matorral cercano.

Si bien logró verlo, es aliado de la diosa fortuna y tiene la precaución de lanzarle un cordel, una faja o cualquier otro objeto parecido y sin experimentar temor alguno, verá que el animalillo, se apodera del objeto y desaparece con él. Al día siguienre, antes que despunte el sol, el afortunado debe recorrer el lugar buscando, con especial acuciosidad, el objeto lanzado, que generalmente encuentra enterrado al pie de un espinoso calafate, mostrando sobre el suelo un minúsculo trozo, apenas visible. Es en este sitio, donde cavar con ciertas preocupaciones, para desenterrar el codiciado tesoro.

Con dicho fin, acude a la medianoche, llevando una pala nueva y acompañado de una anciana viuda (otra versión dice, que la presnecua femenina hace desaparecer el tesoro), con un gato negro. Cuando ha logrado cavar una vara de profundidad, debe lanzar el gato al hoyo, el que desaparece instantáneamente, cual si fuera borrado por fuerzas mágicas. Poco antes de alcanzar la nueva vara, aparece el gato al alcance de las manos de la anciana, para ser lanzado nuevamente y desaparecer, igual que la primera oportunidad. Esta escena, se repite hasta encontrar el tesoro.

Si durante las faenas de excavación, no se arrojara el gato, cada vara de profundidad, el buscador del tesoro moriría en la misma fosa, ahogado por los vapores nocivos, que despiden los preciados metales del entierro. Aparte de ello, tampoco debe experimentar temor alguno, durante su trabajo, puesto que si esto sucediera, el tesoro se transformaría en roca.

El carbunco o Luciérnaga, corresponde al espíritu de los metales, que guarda la tierra en sus entrañas. A semejanza de los mitos de otros pueblos, es el encargado de custodiarlos y también de ofrecerlos, cada cierto tiempo, a los hombres, especialmente a los valientes (estímulo y valor)…